Cuentacuentos II: Pesadilla Parte I y II.

La siguiente narración amigos míos, es producto de uno de mis sueños raros. Sueños raros que solo me ocurren en cierta habitación de mi casa. Son las 2:35 a. m. del martes 21 de julio, exactamente y justo ahora les confieso que tengo un poco de miedito. No se cuando ni a que horas vaya yo a bloggear este relato pero espero lo lean. Y aunque es solo un sueño, recuerdo bien muchos detalles, y todos están aquí, solo que lógicamente lo desarrolle a modo de relato, así seria más comprensible. Igual que en anteriores cuentos, mi única intención es hacerlos entretenerse un poco. atte.: su amigo Omar.

Ya había visitado ese pueblo una vez, en mis sueños. Y era exactamente igual, incluso el olor a tierra mojada y pastito seco seguía resonando en mi cerebro. Y finalmente aquí de nuevo estoy. Se parece al ejido en el que mi familia tuvo su origen, pero un poco más grande. Igual esta repleto de edificaciones semi-derruidas de adobe, y hay paja reseca en donde pises. Pero hay algo que también en mis sueños vi, pero en este mundo sin sueño, no debe ser posible, y es que en esta tierra, parece ser que con cada paso, el sol se oculta más y más rápido, y es una virtud que solo afecta a los foráneos. No es que esto desmerezca la tranquilidad del poblado, relativamente lejos de Navojoa. Ahí me encontraba yo, caminando mas que vagando, por el desierto asesino de Sonora. Dicen que en el desierto enfrentas a tus demonios, como cuando Jesús fue tentado por el maligno en el desierto. Salí así pues, dispuesto a enfrentarme a mi mismo y a toda maldad que en mi residiera, y lo único que veía en mi paso eran biznagas, serpientes y nopales altos y secos. Zopilotes me seguían creyendo que caería muerto para darse un festín. Pero yo iba bien provisto, no me lanzaría al desierto a la “viva México”. Así que de tanto caminar, mas que cansado un poco desilusionado llegue por azares del destino (o eso quiero creer) a este pequeño pueblo.

Llegue cerca de las 6, diría yo, no acierto la hora pues si has de recorrer el desierto en pleno viaje espiritual, no debes llevar ningún aparato que muestre que el tiempo camina contigo, y aun sin ti. Pero en ese momento, por mi madre juro que me hubiera encantado tener mi teléfono celular para grabar como a cada paso, el sol se ocultaba más y mas rápido, entre montañas de tierra rojiza, como de ladrillo. Entre por una lomita donde estaban los primeros jacales y casitas de adobe, y la gente me miraba, ni con odio, ni con sorpresa, solo me miraban y contestaban imitando mi tono a los
“buenas tardes”. En fin, llegue en buen momento, pues estaban dando la reliquia*, tradición que se mantiene vigente en este tipo de lugares, cosa que los viajeros agradecemos. Era la fiesta del santo patrono del pueblo, había comida, bailes, castillos de luces y cohetes, y al día siguiente habría lucha libre en las canchas del pueblo, traído por el comisariado recién electo.

Nada menos que el capo mayor, Cien Caras. Carmelo Reyes en persona. Leí tanto sobre el, y siempre quise verlo luchar con o sin mascara. Y mañana se presentaría gratis. No dejaría ir la oportunidad. Ya comido, bien descansado gracias a la gente del pueblo (dormí en una camita de niño en un corral de gallinas, que tras este viaje me pareció digno de un rey). Descansaba y miraba las estrellas desde mi cama, por un huequito en el tejaban, y de repente vi algo que cruzo el cielo e hizo un ruidazo de pasos por el techito de palma y lamina. Encendí un cigarro y no le di importancia creyendo que era alguna gallina demasiado grande, pero después observe como se prendían las luces y todo mundo se juntaba en la placita de la escuela. No pude sino acercarme a ver que pasaba. Carmelo estaba ahí, preguntando si podía ayudar. Nadie daba bien razón de que ocurría, pero si alcance a escuchar a una señora ya mayor diciendo “los cuates Santos no aparecen, dejaron nomás las chivas en el monte”.

“Váyase a acostar joven” dijo don Cipriano, el que me dio asilo en su casa “esos muchachos mañana aparecen, se han de haber ido a tomarse el aguamiel de doña Antonia”. Bueno, dada esa explicación, no había más que seguir durmiendo. Apague lo que quedaba de mi cigarro y dormí poco y mal. En fin, estaba emocionado por ver la lucha libre. Me di un “baño vaquero” como decía mi abuelito en paz descanse y me fui a apartar lugar cerca del ring. Para ser un pueblo pequeño, tenia varios luchadores locales, que se enfrentarían a Cien Caras (usaría su mascara, y me sentía yo como un chiquillo).

Al ir llegando la gente, escuchaba que los muchachos no aparecían, y yo recordaba vagamente aquello que paso saltando el tejaban. Soy supersticioso, no lo niego, pero algo en mi me impedía creer que ambos hechos estuvieran relacionados.

Comenzaba la lucha cuando un muchachito de unos 17 años se subió al ring a “jugar” con los luchadores, los cuales al parecer turbado su oficio, no lo tomaron con buen humor. Y no lo lastimaron mucho al parecer, pero le hicieron dar “volteretas” y unos cuantos “costalazos”. Era algo que los mismos gladiadores locales hacían, Cien Caras veía solamente. “¡Es Pedro el loquito, animales, déjenlo!” gritaba una señora. Al parecer era un pobre muchacho privado de sus facultades mentales que subió a corretear en el cuadrilátero.

Se bajo al fin Pedrito corriendo y mentando madres a todos, escupiendo y bufando que a todos se los iba a “llevar Lucifer en persona pa’l infierno”.

Algo en el muchachito ese me dio miedo. Pero bueno, olvide todo después de la lucha, que fue mejor de lo que esperaba, a pesar del inmenso calor. Y como comentaba, a cada paso se hacia de noche mas rápido según mi percepción. El ocaso color caramelo sobre el rojizo de las montañas y la tierra le daba a todo el lugar un aspecto mágico. Tal vez muy mágico para mi supersticiosa cabeza.

Pase unos días en ese pueblito, al que me adapte y llegue a querer como si fuera mi propia tierra, y el señor Reyes se quedo también. No solo viajaba como luchador semi-retirado sino que llego ahí a hacer tratos con los rancheros, y tenia tiempo de sobra. Hice amistad con el y prometió que cuando llegaran sus hijos por el, me llevaría a su rancho Lagos de Moreno y de ahí yo partiría de regreso a mi ciudad. Yo ya había cruzado el desierto, di con este pueblo y aun no enfrentaba a mis sombríos internos. No tenia caso seguir vagando.

Tres días. Cuatro días. Cinco días. Los muchachos perdidos la noche que algo caminaba sobre el tejado no aparecían. Ni el tal Pedrito que blasfemó en la función de lucha. La gente se preocupó y organizaron un comité de búsqueda. Tres personas sin aparecer. Todos, incluyendo al gran luchador que me tomo aprecio y yo mismo, nos unimos a la partida de búsqueda. Caminamos al monte, que a cada paso mío continuaba oscureciendo, era mediodía y yo tenía la impresión de que al ser las tres de la tarde, ya el sol se estaba ocultando perezoso. Algo que en los días de visita no note, es que llego un momento en el que mis pasos no magnetizaban hacia mi el anochecer, sino que el crepúsculo se estacionó al llegar al llano. Era igual que las montañas, de polvo rojizo. Yo recuerdo haber pasado por ahí al llegar al pueblito que me tendió los brazos. Pero ahí estaba una casa derruida que nada tenia que ver con el estilo de casas que había en el ejido. Mas extraño aun era el hecho de que al yo pasar por ahí no la hubiera notado.

Era una casa de tablones, de dos pisos, mas al estilo norteamericano que nacional, clásica casa de maderas pintada a colores oscuros, o quizá despintados por el inclemente sol de Sonora. Era como esas casas norteamericanas del estado de Virginia. ¿Qué hacia ahí, en medio de un llano de polvo rojizo, de atardecer permanente? ¿Quién la edificaría? La gente, armada solo con curiosidad, asumía que Pedrito el loco y los gemelos Santos estarían ahí.

-¡Abusado!, ¡no pisen aí, miren!- grito Carmelo Reyes, con la voz quebrada. El solo escuchar su voz temblando, la voz de un hombre sin miedo, me dio un escalofrío que no olvidare.

Y voltear a ver el motivo de su angustia fue aun peor. A menos de dos varas de donde estaba yo parado viendo la casona vieja, estaban dos cerebros humanos enteros tirados en la tierra. Cerebros, algo que yo solo había visto en libros o en documentales de ciencia, tirados en el llano, como si fueran dos pedazos de pasojo. Creo que palidecí porque don Cipriano, quien me hospedaba me decía “joven, agarra aigre, agarre aigre que le viene el vahído”, cosa que yo escuchaba entre ecos. La gente volteo al suelo y vio efectivamente la materia gris.

Dos.

Después de un mortífero silencio, alguien se aventuró a decir lo que todos pensábamos. ¿Eran de los gemelos quizás? Ningún coyote o gato montes podría haber hecho eso. Era imposible, era obra de la precisa mano humana. Inhumana, mas bien. O si quiera de algo natural.

Sabia la chusma reunida en el polvoriento lugar, que en la casa habría respuestas. ¿Quién seria el valiente? No diré que yo me ofrecí, sino que una mano poco amigable me empujo al frente, y fue cuando el orgullo domino al miedo temporalmente y comencé a avanzar, lento, muy lento, pero decidido. Una mano me toco la espalda y casi pego un salto de horror, era un campesino joven que me dijo “vamos los, lo que sea sonara”. Recuperado del sobresalto caminamos a la puerta.

Estaba vieja, parecía que la podríamos romper a patadas, y lo intentamos, y nada. No cedía. No cedía con los embates de dos jóvenes fuertes. No cedería.

había otro método, y era subir por la canal que tenia para desalojar el agua. Le pedí un cigarro de hoja al muchacho y lo fume para calmar el pulso. Con calma, no fuera este mi último. Acabado el cigarro comienzo a trepar por la chirriante y oxidada canal y llegue al segundo piso. No tenia pared y se podía ver todo el segundo piso que parecía ser un ático entero.

Ahí vi algo que, por mi madre, no olvidare jamás.

Sentaditos en un sillón viejo estaban los gemelos, babeando pero con la mirada fija en un pájaro negro, del tamaño de un ser humano. Mi abuelita tenia uno de esos, se llaman “cardenales”, pero era negro, y tenia algo que los animales no tienen, y era un porte altivo aterrador.

A sus patas, jugueteando con el polvo estaba Pedro, hablando horribles cosas que no me atrevo a mencionar y temo recordar. Entre esa visión dantesca, destacaba un ser de patas de cabra, que bien pudo ser un fauno. No se, y lo juro por Dios, que no se que impulso me hizo correr hacia el fauno y tratar de tomarlo por el cuello para estrangularlo.

Nada se altero en esa escena, excepto ese ser de patas de cabra (al que creo saber quien era pero no me atrevo a dar su nombre por miedo) que comenzó a correr, y a jugar con mi mente, pues al tenerlo yo en mis manos e intentar apretar su gordo cuello, se me escurría de las garras. En un arranque de locura grite por ayuda. Ayuda que me fue respondida pues la gente, armada con palos y cosas viejas que encontraron a su paso, irrumpieron en la casa, yo baje muerto de miedo y le conté al señor Reyes lo que vi. Estaba asustado pero en cuanto mencione al pájaro negro, se asusto aun mas, pero pareció su rostro un poco mas resuelto.

-Es un nahual muchacho. Por eso tenia los dos cerebros en el suelo, haya en Jalisco hay pocos pero hay. Tu regrésate con la gente y haz lo que puedas contra lo que halles. Mira, con esta piedra voy a aplastar los cerebros y el nahual con eso se va a regresar pa’l infierno. así le hacían según contaba mi padre, en Lagos de Moreno. Esos dos cerebros son de los cuates que se perdieron, ahuevo que son- decía agitado el luchador- son lo que le permite al nahual andar aquí espantando. El patas de cabra no se que es pero cuélgate este escapulario –me paso uno, traía tres- no sea la de malas. Y ahora ¡córrele!

Me paralicé unos segundos que parecieron horas, pero en un impulso, corri hacia la casa de nuevo, donde los ejidatarios tenian un alboroto infernal, entre gritos, majaderías, ave marías y uno que otro balazo (yo juraría que iban desarmados, pero las detonaciones probaron lo contrario), querían matar al nahual y al otro ser que se burlo de mi. Esta vez no hubo necesidad de brincarme por la canal de agua, los campesinos rompieron quien sabe como la puerta. Y subí por la escalera vieja. Seguían correteando al fauno y no lo alcanzaban. Entre los más bravos había un hombre parecido a mi primo Héctor, asentado en Saltillo. Correteaba al patas de cabra con un machete viejo y le había dado dos tajadas en la espalda.

Era el nahual de pájaro negro el que daba mas batalla, pues no dejaba que se acercaran a los gemelos de mirada perdida. Daba picotazos, movía las patas y las alas amenazadoramente y en perfecto español lanzaba improperios contra la Santa Cruz, defendía a los cuates como si fueran sus “polluelos”. Terrorífico era si, pero lo fue mas aun el ultimo “grito” que dio antes de arquear la espalda hasta que se escucho un fuerte tronido. Partido en dos y unido solo por la carne, se retorcía la cabeza y de su pico brotaba espuma tintada con sangre. A lo lejos vi que había una piedra cerca de Carmelo, que obviamente el había lanzado. Era el fin del nahual y según mi instinto me indico en el momento, los gemelitos al fin descansaban en paz, pues cayeron del sillón sin respirar o gritar.

El patas de cabra aun corría, por la casona, brincando, era imposible alcanzarlo. Sin embargo, una anciana que estaba por ahí, mirando con esos ojos cansados me hizo la observación de que el monstruo en ningún momento salía de la casa.

Les grito la ancestral mujer que salieran de la casa y al principio titubeando y sin dar la espalda al diablo que ahí los miraba y retaba a atraparlo. Se aseguro que todos se hubieran retirado del interior de la casona, y de entre su rebozo saco una imagen del Santo Niño de Atocha, en silencio se santiguaba y oraba y finalmente le prendió fuego a la imagen bendita. Con la imagen en llamas entro a la casa y ahí se quedo hasta que la casa se envolvió completamente en el fuego que ella misma provocó.

Sus nietos, o sus hijos, que se yo, querían entrar a sacarla pero era ya muy tarde, además que según vi en la férrea voluntad de sus pasos, la anciana prefería morir en llamas de santo y llevándose a la abominación que vivía en esa casucha, que permitir que algo así siguiera entre nosotros los vivos, haciendo diabluras y malogrando a la gente. Ardió pues la casa, en el ocaso que seguía suspendido. No supe cuantas horas pasaron. Pero de la casa solo emanaba un silencio petrificante, de ese que hiela la sangre del más templado y bravío. Y una peste a azufre que me daba aun más miedo. Pero ni un grito proveniente de la señora. Solo ocasionales alaridos infrahumanos y risas nerviosas se escuchaban de la casa envuelta en llamas. Finalmente colapsó la casa. Alguien quiso rezar un rosario y todos le seguimos. Yo lloraba de miedo.

Al día siguiente llegaron por mi amigo el luchador sus hijos, quienes también se dedicaban a la lucha en la capital. Y me fui con ellos, en un viaje donde las preguntas se respondían con monosílabos. Al llegar a casa encendí por instinto un cirio y me desplome en mi sillón. Me sentía exhausto emocionalmente y esa noche, como muchas que vinieron después, dormí con la luz encendida.

~ por razorgzc en julio 25, 2009.

2 comentarios to “Cuentacuentos II: Pesadilla Parte I y II.”

  1. La verdad al momento de leerlo se me hizo chistoso, el simple hecho de combinar a 100 caras en una historia así me pareio demasiado inusual pero chistos, pero si yo hubiese estado en tu lugar me cae de amadres que tampco hubiera podido dormir con la luz apagda.

    Sin embargo, tú no te preocupes, tomalo como unsimple sueño o una mala jugada de tu subconsciente, eres fuerte de mente y se te pasara.

    Salu2 carnal

  2. como siempre, insisto en ke escribes bien chingón mi razor no dejes de hacerlo nunca!!!

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